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¿Por qué hay gente que hace la pelota?. Grupos pelotofílicos

21 Abr

 

Aduladores, embelecadores, abrazafarolas, halagadores… Los pelotas tienen muchos nombres y son visibles revoloteando en torno a alguien poderoso con el fin de medrar. Su presencia, a veces, es vital para el jefe, pero a veces una catástrofe …..

John Fitzgerald Kennedy fue, seguramente, uno de los políticos con más carisma en la historia del mundo moderno. Como personaje de ficción, es el mandatario que más películas y series de televisión ha protagonizado: de hecho, es inevitable un cameo suyo en cualquier guión que transcurra a principios de los sesenta. Como objeto de culto, goza del honor de tener decenas de museos dedicados a él (incluso en un lugar tan alejado de EE.UU. como Berlín) y de ser el único gobernante al que también (o sobre todo) conocemos por sus siglas, como si de un rapero de éxito se tratase.

JFK era ya un mito en vida, entre otras cosas por las inteligentes frases que le hacían decir en sus discursos. Una de ellas, repetida en varias entrevistas, se ha convertido en un recordatorio que todo líder debería tener en cuenta: “Decidas lo que decidas, el 20% de las personas estará en contra”.

La cita recuerda algo que todo jefe, coordinador o director debería tener en cuenta en todo momento: el consenso total es imposible. Cuando se afrontan dilemas que afectan a un grupo de personas, cualquier resolución choca con los intereses y opiniones de algunas de ellas. Así pues, si tenemos responsabilidades y tomamos una decisión, es imposible que contentemos a todos. Si nos da la impresión de que así ha sido, deberíamos sospechar que al menos la quinta parte de las personas a nuestro cargo están ocultando sus críticas.

Pero la tentación de olvidar esto y centrarse en aquellos que nos bailan el agua es muy fuerte. El mismo Kennedy cayó en ese error en numerosas ocasiones, prefiriendo creerse a aquellos que alababan sus decisiones y le aseguraban que eran incuestionables y apartando a aquellos que podían criticar sus actuaciones.

El ejemplo más desastroso de esta aceptación del peloteo se produjo a principios de 1961. Aceptando una idea que curiosamente procedía en realidad de Richard Nixon (el adversario al que derrotó en las elecciones) JFK propuso invadir Cuba. En las reuniones con sus asesores –documentadas más tarde por uno de ellos, Arthur Schlesinger– se veía claro que los datos apuntaban a que la operación iba a ser un fracaso. Pero Kennedy estaba rodeado de amigos lisonjeros (había ido apartando a los más críticos de sus colaboradores) y nadie extrajo las conclusiones obvias de esos datos.

Como nos recuerda Schlesinger: “Quienes rodeaban al presidente creían que era una especie de rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba”. Allen Dulles y Richard Bissel –altos cargos de la CIA que habían prosperado camelando políticos– le dijeron al presidente que habría una insurrección armada a partir del desembarco en la bahía de Cochinos, ya que todo el pueblo cubano estaba contagiado por el atractivo de la figura de JFK. Nadie se atrevió a negar esos halagos porque se impuso la tendencia a adular al mito. Y la ilusión de unanimidad llevó a tomar una decisión suicida que, en realidad, no compartía la mayoría de asesores cuando se les preguntaba, como hizo Schlesinger, uno a uno.

La adulación forma parte de la vida social. Continuamente piropeamos a los demás, creyendo o no en esas virtudes ajenas. Los motivos son variados: necesidad de agradar al otro, empatía con su situación y ganas de animarle, interés en seducir a la persona… Ligando en un bar, despidiendo a un amigo que se va o escuchando las cuitas de un familiar, exaltamos con desparpajo los logros ajenos como parte de nuestras relaciones. Y no nos sentimos culpables porque nuestras afirmaciones sean falsas. Sabemos que la adulación es una droga que no hace daño… a no ser que la persona la inhale.

Sin embargo, cuando existe una relación de poder de por medio, el riesgo de que la persona absorba nuestros elogios e infle demasiado su ego con ellos es muy grande. A pesar de ello, muchas personas usan esa táctica para contentar a los que tienen más poder. El fenómeno es tan universal que, probablemente, todos los idiomas tienen una palabra para designarlo.

Los pelotas, los cobistas, los chaqueteros, los incombustiblemente lisonjeros aceptan cualquier opinión de la persona que sienten que está por encima, sin importarles si se trata de un error garrafal o una resolución que va a perjudicar a muchas personas. No son especialmente hábiles en las relaciones sociales (de hecho, es habitual que todo el mundo sepa de qué pie cojean). Su mérito, lo que ellos creen que les va a hacer medrar, es que nunca discrepan. Siempre están de parte del jefe en el momento crítico y funcionan comoparásitos: se unen a sus superiores porque creen que pueden vivir de su energía.

De hecho, su habilidad para sostener el ego ajeno suele ser su mayor fortaleza: no creen necesario desarrollar sus capacidades laborales porque presumen que gozando del favor de los de arriba todo va a ir bien. Cuando se comienza una relación de camelo así es porque uno piensa que mientras esté en relación simbiótica con su jefe, puede ahorrarse esfuerzos en su vida profesional. Como recordaba Adlai Stevenson, otro político propenso a las citas: “El poder corrompe, pero la falta de poder corrompe absolutamente”.

Para el superior, por su parte, el halagador es útil porque es un proveedor de autoestima. A él, como a cualquier persona, le gusta que le den coba: los experimentos demuestran, por ejemplo, que cuando alguien habla de nosotros tendemos a no escuchar apenas las críticas y atender predominantemente a los halagos. Nos autoengañamos (y es adaptativo que lo hagamos) pensando que somos más eficaces y especiales que lo que demuestra la realidad. Y tenemos propensión a rodearnos de aquellos que sostienen esa necesaria falacia.

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